viernes, 13 de noviembre de 2009

Conciencia de muerte y malas noticias en medicina


No todas las personas viven sabiendo –o temiendo– que pueden morir en cualquier momento. Todos los humanos proyectamos una trayectoria de futuro dentro de lo que podemos llamar trayectoria potencial de muerte; prevemos un lapso de tiempo en cuyo contexto ideamos actividades y planificamos nuestra vida. Conforme nuestra existencia avanza, la primera disminuye y el horizonte de la segunda se avecina.

Nuestra vida va transcurriendo de manera más o menos sonriente, conscientes en mayor o menor grado de que algún día dejaremos de existir. Y de repente, alertados por un aldabonazo, encontramos de frente la crisis: la toma de conciencia de la muerte. Por una enfermedad o un accidente nuestra hipotética trayectoria cambia de golpe, convirtiéndose en trayectoria real de muerte.

___Trayectoria potencial de muerte__X __Trayectoria real de muerte______

Crisis
toma de conciencia

En la práctica médica, la crisis de toma de conciencia suele coincidir con el momento de comunicarle al paciente un diagnóstico o un pronóstico desfavorables. En no pocas ocasiones aparece con el evento de un accidente grave. En una sociedad en la que juventud, salud y riqueza ocupan los lugares de honor, es evidente el impacto que ese momento produce. Definitivamente, uno es consciente de la temporalidad y siente la proximidad de su final. Salvo que permanezca feliz en la ignorancia, desconocedor de la amenaza.


Por eso se ha discutido sobre la cuestión de las malas noticias en medicina: ¿es mejor callar y ocultar una enfermedad grave?

Varios estudios confirman el hecho de que se hace más daño callando (o mintiendo) que comunicando la verdad al paciente. Puede condicionarnos el temor a una mala reacción de afectado y a sentirnos culpables, pero esto no debiera bloquearnos. Si el enfermo llora, el médico no debe sentirse culpable; es más tiene derecho a jactarse de la confianza depositada por su paciente. Además, por muy grave que sea su proceso, no hemos de quitarle la esperanza, teniendo en cuenta que el enfermo sufre en el curso de su dolencia una alternancia cíclica de esperanza y desesperanza.

Con todo, hay dos posiciones. Una mantiene que comunicar el diagnóstico o el mal pronóstico de una enfermedad fatal es una inútil crueldad. Otra defiende una relación basada en la franqueza y la confianza. La primera postura está reforzada a veces por la familia que, en una conspiración de silencio, intenta auto-protegerse y proteger al paciente, evitándole malestar y sufrimiento y previniendo un intento de autolisis, si bien la segunda no parece entrañar el teórico peligro. Soy de los que piensan que debemos individualizar cada caso; no habiendo verdades absolutas, habrá que tomar en consideración la personalidad del enfermo y las circunstancias. Y ante todo es preciso habilidad y tacto al comunicar una mala noticia.
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Fuente de inspiración:
Gómez Sancho M. Cómo dar malas noticias en medicina. Ed. Grupo Aula Médica: Madrid, 1996.

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