jueves, 31 de marzo de 2016

Aforismos médicos contra la incertidumbre

Fuente: enlace a recopilación de aforismos médicos

Traigo un puñado de pensamientos propios en torno al médico general (de cabecera o de familia) y a la atención primaria de salud, como parte del sistema de salud, y desde una medicina evolucionada o cambiante. A ningún analista se le escapa que hemos ido pasando en buena medida, con las transformaciones sociales, de una medicina necesaria (racional) a otra cosmética (complaciente). Pues bien, son una docena de sentencias aforísticas que no dejan de ser reiterativas (de alguna forma todo ha sido dicho), pero después de haberme detenido a reflexionar sobre las decisiones médicas en este ámbito, entorpecidas por sus condicionantes y en continua afrontamiento con la incertidumbre, me parece oportuno agruparlas. 

(Profesional) 
  • Sin médicos de cabecera desaparecería el sistema de salud, como sin abejas el hombre.
(Incertidumbre)
  • El que esté libre de sanitarias dudas que firme la primera receta. 
(Competencias) 
  • Cuestión trascendente en atención primaria: la necesidad de dejar de hacer (lo inútil) para poder hacer (lo importante). 
(Bioética) 
  • La grandeza de un médico se mide por su honesta labor y el humilde reconocimiento de su limitación. 
(Tiempo) 
  • La consulta médica de 5-7 minutos es un inductor de gasto sanitario. 
(Calidad)
  • En atención primaria se confunde la “accesibilidad” con la “barra libre asistencial”: Voy al médico que quiero, cómo y cuando quiero. 
(Seguridad)
  • El mayor problema de seguridad del paciente está en tener que prestar atención médica sin límite y a destajo.
(Comunicación)
  • Hablamos tanto y tanto de innovar en medicina, que dejaremos de comunicar médicamente. 
(Sociología)
  • Hay quien hace horas de cola por una entrada de fútbol, pagando un dineral, y se desespera porque su médico se retrasa 10 minutos.
(Objetivos)
  • Antes la misión principal de los médicos era luchar contra las enfermedades; ahora, combatir la estupidez sanitaria. 
(Productividad)
  • La productividad en salud es difícil de medir y fácil de falsear. 
(Sistema)
  • Sanidad no debe equipararse a consumo: servicios sanitarios no significan gasto incontrolado.

Stormy Weather - Louis Armstrong

lunes, 28 de marzo de 2016

Amor y medicina (y música)

El banquete (El simposio), por Anselm Feuerbach

Discurso de Erixímaco (tercer discurso de El Banquete, diálogo de Platón), médico que tiene un elevado concepto de su profesión y de la eficacia de su arte.
(...) Y comenzaré a hablar partiendo de la medicina, para honrar así a mi arte. La naturaleza de los cuerpos posee, en efecto, este doble Eros. 
Pues el estado sano del cuerpo y el estado enfermo son cada uno, según opinión unánime, diferente y desigual, y lo que es desigual desea y ama cosas desiguales. En consecuencia, uno es el amor que reside en lo que está sano y otro el que reside en lo que está enfermo.
Ahora bien, al igual que hace poco decía Pausanias que era hermoso complacer a los hombres buenos, y vergonzoso a los inmorales, así también es hermoso y necesario favorecer en los cuerpos mismos a los elementos buenos y sanos de cada cuerpo, y éste es el objeto de lo que llamamos medicina, mientras que, por el contrario, es vergonzoso secundar los elementos malos y enfermos, y no hay que ser indulgente en esto, si se pretende ser un verdadero profesional.  
Pues la medicina es... el conocimiento de las operaciones amorosas que hay en el cuerpo en cuanto a repleción y vacuidad y el que distinga en ellas el amor bello y el vergonzoso será el médico más experto. 
Y el que logre que se opere un cambio, de suerte que el paciente adquiera en lugar de un amor el otro y, en aquellos en los que no hay amor, pero es preciso que lo haya, sepa infundirlo y eliminar el otro cuando está dentro, será también un buen profesional. Debe, pues, ser capaz de hacer amigos entre sí a los elementos más enemigos existentes en el cuerpo y de que se amen unos a otros. 
Y son los elementos más enemigos los más contrarios: lo frío de lo caliente, lo amargo de lo dulce, lo seco de lo húmedo y todas las cosas análogas. 
Sabiendo infundir amor y concordia en ellas, nuestro antepasado Asclepio, como dicen los poetas, aquí presente, y yo lo creo, fundó nuestro arte. La medicina, pues, como digo, está gobernada toda ella por este Dios y, asimismo, también la gimnástica y la agricultura. 
Y que la música se encuentra en la misma situación que éstas, resulta evidente para todo el que ponga sólo un poco de atención, como posiblemente también quiere decir Heráclito, pues en sus palabras, al menos, no lo expresa bien. 
Dice, en efecto, que lo uno siendo discordante en sí concuerda consigo mismo, como la armonía del arco y de la lira. Mas es un gran absurdo decir que la armonía es discordante o que resulta de lo que todavía es discordante. Pero, quizás, lo que quería decir era que resulta de lo que anteriormente ha sido discordante, de lo agudo y de lo grave, que luego han concordado gracias al arte musical, puesto que, naturalmente, no podría haber armonía de lo agudo y de lo grave cuando todavía son discordantes. 
La armonía, ciertamente, es una consonancia, y la consonancia es un acuerdo; pero un acuerdo a partir de cosas discordantes es imposible que exista mientras sean discordantes y, a su vez, lo que es discordante y no concuerda es imposible que armonice. Justamente como resulta también el ritmo de lo rápido y de lo lento, de cosas que en un principio han sido discordantes y después han concordado. 
 
Y el acuerdo de todos estos elementos lo pone aquí la música, de la misma manera que antes lo ponía la medicina. 
Y la música es, a su vez, un conocimiento de las operaciones amorosas en relación con la armonía y el ritmo. Y si bien es cierto que en la constitución misma de la armonía y el ritmo no es nada difícil distinguir estas operaciones amorosas, ni el doble amor existe aquí por ninguna parte, sin embargo, cuando sea preciso, en relación con los hombres, usar el ritmo y la armonía, ya sea componiéndolos, lo que llaman precisamente composición melódica, ya sea utilizando correctamente melodías y metros ya compuestos, lo que se llama justamente educación, entonces sí que es difícil y se precisa de un buen profesional. Una vez más, aparece, pues, la misma argumentación: que a los hombres ordenados y a los que aún no lo son, para que lleguen a serlo, hay que complacerles y preservar su amor.  (…)  
Así, pues, no sólo en la música, sino también en la medicina y en todas las demás materias, tanto humanas como divinas, hay que vigilar, en la medida en que sea factible, a uno y otro Eros, ya que los dos se encuentran en ellas. (…)
Discurso de Erixímaco, de El Banquete, diálogo de Platón.

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domingo, 20 de marzo de 2016

Para la isla desierta: Sinfonía "Pastoral" de Beethoven



Esta es una de las primeras obras sinfónicas que me adentró en el mundo de la música clásica. Y de hecho el primer disco que compré fue una grabación de esta obra, interpretada por la Orquesta Sinfónica de Londres bajo la dirección de Josef Krips, en una edición muy barata que además estaba de saldo. Es una singular composición evocadora de la naturaleza, que en su sereno discurrir, no exento de momentos de pertinente ímpetu, lleva el inequívoco sello beethoveniano. Beethoven solía dar paseos por el campo y es indudable el influjo de su entorno natural como fuente inspiradora de su Sexta Sinfonía "Pastoral". La música basta por sí sola para hablarnos, sin necesidad de palabras, y no precisa un gran esfuerzo para apreciarla. Pero me parece interesante añadir a este preámbulo un párrafo de un comentario ajeno, donde se desgrana cada movimiento de la sinfonía, que tal vez nos ayude a paladear mejor sus hermosísimas sonoridades. 
Esta sinfonía es una de las más espléndidas obras de música programática que jamás se hayan escrito. Decimos espléndida porque no sólo provoca en el oyente una impresión visual (los paisajes son evocados de una manera clara ante nuestra imaginación) sino también porque Beethoven hace participar al oyente en su profunda experiencia emotiva. Según nos indica el autor al empezar su partitura, quiere que esta sinfonía sea "más que una descripción, una evocación de sentimientos", dejando que el propio oyente descubra por sí mismo las secretas alegrías contenidas en la música. Pero, al mismo tiempo, pone al principio de cada movimiento un título descriptivo. Considerando la obra en su totalidad y teniendo presente el propósito de Beethoven podemos afirmar que la consistencia, variedad y fuerza de esta música procede de alguien que permaneciendo en constante comunicación con la Naturaleza, ha llegado a conocer los secretos de su movimiento, de su reposo y relajación y que, a pesar de la violencia de sus tempestades, sabe que ella representa la paz y la felicidad.
Deleitémonos, pues, con esta pieza magistral, portentosa y única, nacida del genio de Ludwig van Beethoven (1770-1827), en una interpretación que, a pesar de su antigüedad, suena muy bien y que me parece magnífica: la de Bruno Walter dirigiendo a la Orquesta Sinfónica Columbia.

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Y por llevar, de Beethoven también nos llevaríamos otras sinfonías (la , la , la ), algunas sonatas para piano, el Fidelio, la Misa solemnis...

viernes, 18 de marzo de 2016

¿Medicina o sacerdocio?



La realidad del médico rural, del médico con su maletín, en lugares más o menos alejados y difíciles, pone a prueba la capacidad humana de un licenciado entregado a su ciencia y su arte. Allí donde la medicina es más arte que ciencia, donde la escucha se hace más profunda y la prisa es un sinsentido, el médico debe armarse de sensibilidad y de paciencia. El médico de pueblo se erige entonces como una figura respetable y de indudable grandeza. Conocedor de la sociología de la salud y de la antropología médica, el galeno sin límites definitorios (no circunscrito al ámbito de una especialidad concreta) comprueba en su ejercicio diferenciado el poder incomparable de la comunicación. Un gesto, una palabra, un silencio, pueden tener poder curativo, o al menos lenitivo y consolador. El adecuado lenguaje verbal y no verbal del galeno que apenas dispone de su cabás suponen su mejor instrumento portador de salud. Nada que reprocharle; todo es poco para apoyar su glorioso cometido. La entrega del médico rural involucrado en su tarea es admirable, a veces tanto que se podría hablar de sanitario sacerdocio. Un sacerdocio que, bien es verdad, ha ido evolucionando a través del tiempo.

Y ahora, tras la ficción narrativa (no demasiado kafkiana), veamos en acción a uno de esos héroes de la medicina rural...

"Salud rural", un documental de Darío Doria
http://saludruralfilm.blogspot.com.es/

martes, 15 de marzo de 2016

El médico con su maletín


La figura del médico rural simboliza la esencia de la medicina general.


Quien tiene por oficio velar por la salud de otros quizá deba ser lo menos emotivo posible, porque tomar decisiones sanitarias con objetividad implica, de algún modo, la adopción de una aptitud estoica. Sin embargo, ello no ha de impedir la fervorosa entrega vocacional en el trabajo diario, desempeñando de buen grado la profesión más altruista. Un individuo puede ser frío y calculador, o aparentarlo, sin renunciar a poner pasión en lo que hace, entendiéndola como gusto o satisfacción plena. Y en el tiempo que me envolvía, el ejercicio de la medicina en un pueblo requería una especial entrega; no era como en la ciudad, ni tampoco la vida se desarrollaba de igual modo en uno y otro lugar, de manera que las diferencias se plasmaban prácticamente en todo. Toguiñal era la pequeña población, aislada y envejecida, que me había tocado en suerte; unas tres mil almas a mi cargo, con un alto porcentaje de ancianos achacosos, muy dispersas en el extenso territorio municipal. Ciertamente, contaba con la ayuda de Jesús, el practicante, más que nada para poner inyectables y realizar curas, que yo mismo realizaba muchas veces, pero fuera de eso no solía requerir su servicio.

Como otro día cualquiera me levanté aquella mañana invernal a las siete y media. Procuraba mantener una forma física aceptable y, como de costumbre, me di una carrerilla por los alrededores de la casa, realicé unos ligeros ejercicios gimnásticos y partí hacia la consulta. Lo hacía a primera hora ya que, casi con seguridad, no tendría oportunidad en otro momento. Educaba el cuerpo para mi lógico provecho y, de paso, procuraba dar ejemplo, exhortando calladamente a los demás.

“¡Buenos días, don Julio!... ¡Hola, doctor Rial…”, escuché con agrado los saludos cotidianos al atravesar la abarrotada sala de espera.

Comencé mi rutinaria consulta a las nueve y media, en el hogar-consultorio o “casa del médico”, que el municipio proporcionaba en ausencia de otro recinto sanitario público. Nada de especial, algunos procesos banales y los pacientes habituales que requerían revisión periódica. El señor Elisardo, hombre inteligente y responsable, que siguiendo las pertinentes recomendaciones había evitado que su bronquitis crónica le supusiera un problema insuperable. La señora Flora, que por fin había aprendido a inyectarse por sí misma la insulina y, con hondo sacrifico, había hecho más llevadera su diabetes al bajar peso, rehuyendo pasteles y otras delicias que la obcecaban. Doña Elvira, que después de mucho porfiar se iba dando cuenta de que la vejez no es una enfermedad y que devorar fármacos sin freno no la beneficiaba en nada. Y otros, que sin ánimo de cansar me excuso de referir.

Finalicé pasadas las tres de la tarde, sin incidencias dignas de mención, y cerré el consultorio, sin que por ello hubiese concluido mi jornada.

Vivía solo y no tenía quien me preparase la comida (por favor, no me imaginéis machista), de modo que, dándose muy mal el andar entre pucheros, tenía que degustar lo que mis pocas cualidades gastronómicas hacían florecer en las perolas. He de decir que muchas veces desistía de las laboriosas tareas culinarias y me acercaba al mesón de Isidro; no podía eludir los aromas que desprendían sus fogones. Pero ese día me enfrentaba yo con la sartén cuando aconteció lo habitual: la llamada sonora e imprevisible. Apenas medio filete engullido y, ¡oh infortunio!, a dejarlo para más tarde; si no estuviese acostumbrado pondría el grito en el cielo.

Un vecino traía un recado que cabía interpretar como urgencia médica.


Se trataba de Alberto Sione, un hombre joven de unos treinta y cinco años, víctima de uno de los ataques epilépticos que sufría con regularidad. Era un sujeto extraño y voluble, de trato difícil, más arisco si cabe desde la muerte de su mujer tres años atrás. Sólo quienes con asiduidad se relacionaban con él conseguían, y no siempre, franquear su carácter receloso y distante. Salí en mi vetusto y abollado automóvil, un Citroën 2CV de segunda mano (ni el Estado ni el ayuntamiento proporcionaban medio de transporte), imaginándome el pasado no lejano a lomos de un caballo. Cuando llegué ya había superado la crisis, desencadenada por el abandono de su medicación. Traté de convencerlo de que siguiese las pautas que le había marcado y, aparentemente, creo que Alberto se quedó convencido.

De vuelta, a la hora pico, hice un gran esfuerzo para acabar el resto de la carne, fría y correosa (¡ay, el mesón de Isidro!, suspiré), y me eché en el sofá, tras accionar el tocadiscos y resucitar a Mozart. Disfrutaba intensamente –y valga lo pasado para el presente– con ciertas composiciones sinfónicas que me hacían vibrar; pero pocas veces mis audiciones no eran interrumpidas por el deber profesional. Aborrecía algunos pasajes iniciales por tanta reiteración; por eso, si una pieza quedaba cortada, prefería continuar su escucha desde el punto de su improvisado final. Y claro, para no hacer demasiadas excepciones, llegaba una nueva demanda de mis servicios. En esta ocasión era por Rogelio Ricou, y supuse que se trataría, como él solía decir, de su odiosa gota. Una de sus nietas traía el aviso; la pequeña sólo me hizo saber que su abuelo tenía fuertes dolores. No precisaba más información.


Cuando llegué a casa de Ricou éste yacía en la cama, y su semblante reflejaba el malestar que le embargaba.

–¿Lo de siempre, no es así Rogelio? –le pregunté casi aseverando.

–Ya lo ve usted, don Julio... La odiosa gota que me trae por el camino de la amargura –respondió el enfermo, al tiempo que apartaba una bolsa de hielo de su pie para mostrarme un dedo rojo e hinchado como una salchicha.

–Supongo que ya no prueba los alimentos que tiene prohibidos, o que al menos ya no abusa de ellos, ¿no es así? –insinué con tono solapado, esperando que el gotoso alegase algún pretexto más o menos convincente.

–Bueno... llegó mi hermano Joaquín y... Ya sabe que cuando se recibe un pariente se hace algún exceso; pero ahora lo que importa es este dolor... ¡ay, ay, ay!... tan inaguantable... –hablaba y se quejaba a la vez.

–No le haga caso, doctor Rial –arremetió su mujer–. No se priva en absoluto de nada. Yo procuro que lleve una dieta adecuada; pero cuando sale fuera de casa, ¡a saber qué come! No me extrañaría que fuese precisamente de eso que le perjudica. Además, la medicación la toma cuando le parece.

Rogelio Ricou dejó entrever una maliciosa sonrisa entre los indudables gestos de dolor, mientras miraba de reojo a su mujer como diciendo: “¡Si cerraras el pico…!”.


Al llegar nuevamente al hogar-consultorio, ya estaba a la puerta un nuevo visitante. “¡Válgame Dios!”, me salió espontáneo. Cierto que las jornadas solían ser duras, si bien no tan intensas como aquella. Un joven balbuceaba angustiosamente que su madre había enloquecido y que los familiares no eran capaces de dominarla.

–No sé qué ha podido suceder; de repente ha entrado en un estado delirante y se ha vuelto agresiva. Nunca la había visto así de enloquecida.

–Tranquilo, muchacho, vamos para allá –determiné con prontitud, tratando de sosegar mi propia inquietud.

Nos encaminamos hacia el lugar y, en efecto, una mujer a la que no conocía (cosa extraña, porque en tres años casi todo Toguiñal había pasado por mi consulta) se movía frenéticamente y amenazaba verbalmente a los que se encontraban en aquel polvoriento descampado: próximos a ella, un niño y una niña, sus dos hijos menores, hermanos del adolescentte que me trajo el recado, y un hombre que se le parecía, hermano de la enajenada; algo alejados, manteniendo una distancia prudencial, algunos vecinos, tal vez una decena, que habían acudido alarmados por la algarabía. Allí no había policías, ni guardias civiles, ni agentes de la justicia. La mujer, empuñando un cuchillo, mostraba intención de quitarse la vida.

–¡No os acerquéis o me mato! –advertía a los presentes, en un estado de tremenda agitación nerviosa.

–Nadie quiere hacerle daño –le comuniqué con la intención de serenarla.

–¡Hazle caso al doctor Rial, Antonia! –decía una vecina, temblorosa y casi afónica.

–¡Dejadme morir y tener paz! ¡Sólo quiero paz!... –gritaba insistentemente Antonia, clavando la mirada en sus hijos y sin hacer caso de las tiernas palabras que le proferían para que no fuese más allá en su desesperación.

En un descuido se le escurrió el cuchillo entre los dedos, ocasión que aprovechamos para reducirla. No sé ni cómo lo logramos. Lo único que puedo asegurar es que su ímpetu se derrumbó en un vuelo y sus impulsos amenazadores se tornaron mansa quietud, cuando el tranquilizante que le administré fluyó por su cuerpo. En ese momento me lamenté de no haber avisado a Jesús; en situaciones semejantes, al igual que en otras de índole quirúrgico (suturar una herida, drenar un absceso) o si se precisaba hacer una reanimación cardiopulmonar, agradecía su compañía. Por suerte, pude apañármelas yo solo. Seguidamente, la mujer habría de ir acompañada por su hermano y el hijo mayor hasta el centro psiquiátrico de la comarca. Pude saber que había enviudado hacía dos años, que era buena la relación con sus hijos y con todo el mundo y que no tenía antecedentes de perturbación mental alguna. “¡No lo puedo creer!”, resumía el comentario general. “Acaso la falta del compañero…”, pensé. Para colmo, ¡vaya por Dios!, Antonia se apellidaba Sola.


Regresaba en mi vetusto y abollado Citroën 2CV, satisfecho por haber logrado evitar un suicidio y reflexionando sobre la impotencia ante sucesos semejantes; se hacían evidentes las limitaciones de la medicina frente a muchas situaciones inauditas que, inopinadamente, el ser humano es capaz de protagonizar, y que ponen a prueba la pericia de cualquier galeno. Y estando en esos pensamientos, me tropecé con Juan Ribeiro (¡os juro que ese es su apellido verdadero!), sumido en una de sus frecuentes borracheras. Justo antes de llegar a su altura cayó desplomado. Detuve el coche y lo trasladé con dificultad a su interior. Aquella tarde era realmente fría, y para colmo Juan cubría su tórax tan sólo con una corroída camisa.

Lo llevé a mi casa (ya sabéis, el hogar-consultorio), pues él vivía a unos quince kilómetros largos de donde lo encontrara, lo tendí en el sofá del salón y, tras cubrirlo con una gruesa manta, encendí la chimenea. Después preparé café y, dándole unas palmaditas, lo invité a que se incorporara. Juan era muy cómico bajo los efectos del alcohol. Lástima que esa engañosa comicidad estuviese supeditada a la mísera y lamentable vida de que gozaba. Su soledad, casi de anacoreta, le hacía desembocar en la evasión destructora de la bebida.

–¿Dónde essstoooy? –murmuró Ribeiro mascullando.

–Aquí, conmigo, en mi casa –le hice saber.

–¡Ahhh!... ¡Hola don Julio!

–¿Qué te parece un cafecito, Juan?


Mientras hacía esta sugerencia se volvía a enredar el infortunio, golpeando la puerta. Después de toparme con Juan Ribeiro recibí esta llamada y aún dos o tres llamadas más. Todas eran para visitas domiciliarias. Y en tanto acudí a despacharlas, una a una, dejé solo al infeliz alcohólico, no sin cierta preocupación de que provocase algún destrozo no intencionado. Pero ¿qué podía hacer?; no me quedaba otro remedio que salir yo solo con mi maletín, cargado con el instrumental necesario (fonendoscopio, tensiómetro, otoscopio, termómetro, linterna de exploración...) y la medicación de urgencia imprescindible, preparado para emplear el arte y la ciencia médicas de la mejor manera posible. Sin protocolos clínicos, sin compañeros de apoyo, sin medios informáticos, sin los recursos actuales.

Al retornar de la última visita la noche sepultaba las rústicas casas de Toguiñal y las calles empedradas estaban desiertas. Me sentía extremadamente cansado de la dura jornada, una más, de modo que me acosté con prontitud, ávido de reposo y sin pensar siquiera en sensuales sueños; quedaban igualmente descartados los acostumbrados ejercicios matutinos. Intenté dejar la mente en blanco y olvidarme de mi sacerdocio, para poder echarme en los brazos de un Morfeo consolador. Aguardaba su comprensión en una noche tan gélida y ventosa.

Pero, ¡oh desgracia suprema!, un renovado percutir quebrantó el placentero silencio. Se me negaba el descanso. Era la cruz de mi hipocrático sino.

A través de la ventana reconocí a Fernando, el hijo de Ambrosio Cercas, e imaginé que vendría motivado por los lamentos de su padre, víctima de un terrible proceso consuntivo. En efecto, así era. No podía curar a este enfermo; tendría que conformarme con aliviar su sufrimiento, sabiendo que más temprano que tarde habría de cubrir su certificado de defunción y, después de todo, debería consolar a la viuda en su duelo. A esas horas ya no estaba para muchos razonamientos. Lo único claro era que también la noche me llamaba, exigiendo mi ubicua presencia. Así que salí sin dilación. Y mientras me alejaba, se desvanecían los estruendosos ronquidos emitidos por Juan (a quien en esos instantes envidiaba), que ni en su mayor intensidad lograban acallar los rugidos de mi vetusto y abollado Citroën 2CV. Ronquidos y rugidos tolerables cedían paso a otros sonidos menos sosegados.

Asido al volante, con los ojos entrecerrados, sentí la imperiosa necesidad de una mujer a mi lado. Se me clavaba mi propia soledad. Diferente a la de Antonia. Distinta a la de Juan. Y a fin de cuentas, la misma soledad.
***
Valga este relato como homenaje a los médicos rurales de antes... y tal vez de ahora, en un tiempo menos cordial, más apremiante y con otras exigencias.

Nota.- Imagen de cabecera: dibujo de la portada del libro "El gran oficio. Diario de un médico de aldea" (1956, ed. española), de André Soubiran. Más información en "Diario de un médico de guardia", de David Simón.

"Andante" del Concierto para Piano nº 21 de Mozart

domingo, 13 de marzo de 2016

Un sueño neoyorkino



Desde la isla de Ellis, donde pasé los controles médicos y de seguridad, llegué por fin a la ciudad que nunca duerme. Respiraba aliviado en Central Park, convencido de que tendría éxito. Antes de cruzar el océano, mi padre me había dado consejos y las señas de un abogado amigo, de su mismo pueblo. Podría necesitarlo. Me dijo que trazase un plan de vida, mientras mi madre lloraba por mi partida hacia el Nuevo Mundo. Ella hubiese deseado que me deportasen. Y a punto estuvieron las autoridades de expulsarme cuando, a poco de llegar, la policía me detuvo por no pagar un perrito caliente. ¡Me habían robado el poco dinero que llevaba! Recurrí al paisano de mi padre y me sacó del apuro. Nunca podré agradecérselo suficientemente... Ya sin fecha de vencimiento en el visado, me dije: “Prosperaré, triunfaré y satisfaré a mis viejos”. Y así fue. ¡Dichoso sueño lejano!

Desde la general ficción a la particular realidad —en esta otra parte del océano— de que cae un año más en la vida de uno...

New York, New York
Frank Sinatra

miércoles, 9 de marzo de 2016

Ideario de salud



Algunos de los blogs médicos que sigo exhiben leyendas o imágenes en las que sus autores expresan ideas que consideran de importancia, hacen una declaración de intenciones, dejan una advertencia a los lectores o critican situaciones inconvenientes en el ámbito sanitario; el mismo título del blog ya es en ocasiones lo suficientemente significativo. No me resisto a reproducir algunas frases que he ido recogiendo de esas bitácoras sanitarias (todas centradas en el paciente), ya de la cabecera, de las columnas laterales, de las pestañas informativas o de algún post relevante. Valga, pues, esta recopilación de interesantes ideas ajenas (por orden abc atendiendo a los nombres de los blogs) para formar un ideario de salud. Espero que les sea útil a otros, pues desde ahora lo hago mío. 

Consultas de cinco minutos son más propias de la atención veterinaria que de la atención médica. Supone tratar a las personas como si fueran ganado. 

¿Qué médico de familia quiero ser? Un médico que trate pacientes, no enfermedades. Que adapte los síntomas a la circunstancia individual del paciente y lo haga partícipe en las decisiones relativas al tratamiento de sus enfermedades.
La consulta del doctor Casado, por Salvador Casado (@DoctorCasado).

Sirva este Blog de homenaje a lo que considero importante en mi práctica diaria como dermatólogo, que no es ni más ni menos que el paciente. 

Cuaderno de piel, por Eduardo Lauzurica (@Lauzurica_Derma).

Una de las cosas más necesarias y valoradas por todos en la vida, tanto a nivel personal como social, es el trato humano. 
Humanismo Médico vs burocracia, por Juan F. Jiménez (@JuanFJimenez).

Hoy ya no contemplo ninguna opción que no sea la de jubilarme en esta misma plaza, como finalmente hicieron mis dos compañeros, dejando una pena inmensa en sus pueblos. 

Medicina en la cabecera, por Raúl Calvo Rico (@RaulCalvoRico).

¿A dónde debe mirar el médico durante la consulta? Por supuesto a los ojos de su paciente, sin que una pantalla de ordenador lo impida. 

Medicoacuadros, por Mónica Lalanda (@mlalanda).

Quiero ser un médico de cabecera y alejarme de el médico de atención primaria que quieren que sea.
Médico rural (Medicina para Todólogos), por Ángel López Hernanz (@angelopezh).

Son mis pacientes los que más me han enseñado Medicina. 

Neuronas en crecimiento, por María José Mas (@MasTwitts).

Lo primero es no dañar. (A veces la mejor decisión médica es no hacer nada)

Primum non nocere, por Rafael Bravo (@rafabravo).

La información es uno de los pilares fundamentales de una buena gestión... 
Salud con Cosas, por Miguel Ángel Máñez (@manyez). 

Nuestra finalidad es contribuir a la mejora de la seguridad del paciente de los servicios sanitarios en general y de los de atención primaria en particular. 
Sano y salvo, por Grupo multidisciplinar (@sanoysalvoblog).

La información publicada en el blog nunca puede sustituir ni reemplazar la necesaria relación personal entre un paciente y su médico de confianza.  
El Supositorio, por Vicente Baos (@vbaosv).
*** 
Nota.- Seguro que me he dejado muchas ideas provechosas de otros blogs sanitarios; si en este ámbito, alguien quiere comunicarme frases o sentencias que considera de interés, habré de valorarlas para su posterior inclusión.


The Impossible Dream (El sueño imposible)
Man of la Mancha (El hombre de la Mancha)

lunes, 7 de marzo de 2016

Retazos de estupidez sanitaria



Esta sentencia se asienta al releer un escrito sobre la sanitaria insensatez:
Asistiendo a las políticas aplicadas a la sanidad pública, mi primitiva ingenuidad de que lo público garantiza el bien común se acabó desmoronando... 
Se reafirma al recalar en este otro que advierte la obstinación burocrática:
La primera medida antiburocrática en un Sistema Nacional de Salud es eliminar todo obstáculo entre sus diferentes espacios territoriales...
Y no deja dudas al volver al más reciente que revisa el entorpecimiento asistencial:
La bella profesión del médico de familia, del médico general, del médico de cabecera, del “todólogo” de la salud, del ensalzado como pilar fundamental del sistema sanitario, se ve lastrada desde hace muchos años por obstáculos difíciles de salvar, que obstruyen su labor clínica y desgastan su ánimo...
A estos retazos de estupidez sanitaria, valga de colofón un haiku:
La estupidez / es causa de más males / que la maldad.

Something stupid - Frank & Nancy Sinatra

domingo, 6 de marzo de 2016

Mariposa de luz

Podalirio fugaz

Según leo en una página del Centro Virtual Cervantes, un poema de Juan Ramón Jiménez se ha convertido en paradigma de ese anhelo del poeta de una belleza que busca fuera de él y que se le escapa cuando está a punto de conseguirla: 

Mariposa de luz, 
la belleza se va cuando yo llego
a su rosa. 

Corro, ciego, tras ella... 
la medio cojo aquí y allá... 

¡Sólo queda en mi mano 
la forma de su huida!

Tal vez no deseara atrapar la mariposa, sino dejarla volar para quedarse con su encanto. Para no atrapar la vulgaridad y, al fin, quedarse con la nada que deja el desmoronamiento del misterio. Porque la vana ilusión mantiene la energía creativa.

A veces no podemos apresar con las palabras la belleza que nos revela el sentimiento. Otras no podemos asir nuestro íntimo deseo de conseguir un sueño. La vida se nos esfuma a menudo de las manos, en el deseo de atrapar un imposible.

Butterfly World - Sir David Attenborough

viernes, 4 de marzo de 2016

Educar y aprender: binomio no siempre concordante


Solo se aprende de verdad lo que se enseña con amor. Gregorio Marañón

Los médicos creemos que cuando educamos a nuestros pacientes éstos se van con la lección aprendida. Y no siempre, o acaso casi nunca, es así. Valga como ejemplo una anécdota con la que el profesor José Antonio Marina suele referir en sus charlas sobre la calidad del aprendizaje para ilustrar la vinculación entre enseñar y aprender, intentando hacer ver que no siempre se produce una relación de causa-efecto. Yo se la he escuchado en directo el año pasado, hablando a propósito de su polémico Libro Blanco de la Profesión Docente (elaborado por encargo del ministro de Educación, ha suscitado interrogantes), y vale tanto para el ámbito educativo en general como para el sanitario en particular. 
Me gusta contar la historia de un profesor americano de Pedagogía que el primer día de curso dice a sus alumnos, futuros docentes: «He dedicado este verano a enseñar a hablar a mi perro. Está ahí fuera. ¿Quieren que pase a darles una demostración?». Los alumnos asienten entusiasmados. El profesor introduce al perro que se tumba delante de la mesa. Pasan cinco minutos y el perro no dice nada. Pasan diez minutos y el silencio continúa. Al fin, un alumno exclama: «Señor profesor, su perro no habla». El profesor contesta: «Espero que esto les sirva en el futuro. Yo he dicho que había enseñado a hablar a mi perro, no que mi perro hubiese aprendido». Su profesión no es enseñar, es conseguir que aprendan.
De manera que hemos de intentar mejorar la educación sanitaria para lograr nuestro objetivo: que los pacientes asimilen lo que les queremos transmitir. Y por otro lado, aproximarnos a esa enseñanza deseable, que Marañón propugna.

En el caso de los niños pequeños no hay nada mejor que aprender cantando...

!

miércoles, 2 de marzo de 2016

Los disconformes perennes



El hombre descontento no encuentra silla cómoda. Benjamin Franklin.

Un viejo chiste, muy difundido, nos vale como ilustración de la disconformidad y del desagradecimiento que algunas veces, más de las deseables, se evidencian en las consultas (a demanda y sin freno) de la atención primaria del sistema público de salud hispano. No es nuevo y es muy probable que ya lo conozcan. Dice así:

Jesucristo se pone una temporada a hacer sustituciones como medico en la Seguridad Social. Un inválido entra en la consulta pidiendo ayuda. 
-¿Qué le ocurre? 
-Que no puedo caminar. 
-Levántese y ande. 
-¡Que no puedo! 
-He dicho que se levante y ande !!YA!! 
El hombre se levanta y se va andando muy enfadado de la consulta. Al salir, otros pacientes le preguntan: 
-¿Qué tal? ¿Cómo es el nuevo médico? 
-Igual que todos, ¡ni me ha mirado!

No por simple o vulgar, deja de tener este chascarrillo una inequívoca moraleja: hagas lo que hagas, siempre habrá quien no se quede conforme. Y es que no es fácil contentar a algunos usuarios (supuestamente del grupo "histérico" de la clasificación de pacientes según personalidad) ni con los resultados del más hábil, sabio o experimentado galeno. Hay quien ni se conforma con el cielo...

Highway to Hell (Autopista al Infierno) - AC/DC