viernes, 23 de enero de 2009

Periodismo y crítica musical


La asistencia a un debate sobre periodismo y crítica musical me abrió ventanas hacia una nueva luz. De entrada, un músico ponente manifestaba su preferencia por una actividad meramente informativa, difusora de acontecimientos y estimuladora de conciertos, frente a otra profanadora que osaba adentrarse en el arte de juzgar. Junto a otros miembros de la mesa (otro músico, un productor musical, un director de escena y un locutor de radio), daba la bienvenida a una comunicación simple, afable y sonriente, denostando la opinión reveladora, desagradable y agria. Los rostros de las mujeres y los hombres del público se encendían por el interés. Y siendo la contradicción frecuente manifestación humana, el mismo músico impetuoso que descalificaba a los críticos, porque cuestionaban la capacidad del intérprete sin ponderar su trabajo y su esfuerzo, pasó sin dilación a considerar que la crítica musical habría de hacerse con rigor y con pasión. En su monólogo acabó admitiendo a un tiempo la imparcial objetividad y la subjetividad emotiva. Negaba a la crítica, pero, ya que existía a su pesar, instaba a los críticos a que hiciesen su trabajo con seriedad y ecuanimidad, y a que no se olvidasen del necesario ardor expresivo. El músico relator dejaba entrever cierto resentimiento con algún crítico que le hubiese perjudicado, y en irracional respuesta lanzaba su animadversión contra la generalidad. “Nadie tiene derecho –decía– a echar por tierra el esfuerzo continuado de un músico o de un colectivo por una actuación o una producción más o menos desafortunada”. ¿Pero era justo en su apreciación enardecida?

Tomó la palabra el segundo músico y, con aire más sereno, habló de
malos críticos que vierten en el papel sus frustraciones y su ira, que no tienen en cuenta las circunstancias, que no saben refrenarse, que manifiestan sus desacuerdos sin elegancia, que son meramente destructivos. De aquellos que generan la repulsa de los músicos honestos y que, por el contrario, enaltecen la labor de aquellos otros que, desde la ética y amor a la música, orientan, aconsejan y atraen aficionados. El productor musical, por su parte, consideraba que tampoco era cuestión de aplaudirlo todo de modo pelotillero, en pos de una ganancia y en detrimento de la sana información que lectores y oyentes merecen. Sentenció que el engaño es malo en cualquier sentido, que debemos recelar tanto de los excesos de entusiasmo como de los ataques furibundos, ya que pueden conllevar adulación o inquina. El locutor de radio advirtió que hay que desconfiar igualmente de las valoraciones insulsas que hacen sospechar compromisos forzados, por no decir que quienes las suscriben hablan o escriben de oídas. Una mujer del público apuntó que en ocasiones se malinterpreta la opinión del crítico, como acontece con análisis operísticos, en los que una desaprobación de la escenografía se recoge como un desacierto interpretativo, a lo que asintió el director de escena. De manera que, alertados por hechos precedentes, según ella debiéramos ser cautos y extraer nuestras propias conclusiones, constatando lo que se ha escrito y no dejándonos llevar como papanatas por juicios ajenos, presuntamente ilustrados. O sea, que deberíamos fiarnos de nuestras propias lecturas.

Periodistas y críticos musicales plasman sus informaciones y pareceres en periódicos y revistas, especializadas o no, de ámbito local, nacional o internacional. Prensa diaria y publicaciones periódicas recogen entrevistas, biografías, reflexiones, acontecimientos, crónicas, estrenos, grabaciones…; tratan de instrumentistas, cantantes, orquestas, directores, grupos de cámara, corales…; contienen artículos divulgativos y eruditos, dirigidos a profanos y a expertos en la materia. 

Se hicieron comentarios al respecto, y varias intervenciones de espontáneos, algunas ciertamente intensas, fueron enriqueciendo el crítico debate, mixturando lo admirativo y lo burlón. Un enterado censuró la escasez de medios especializados, audiovisuales o escritos, en la buena música, y el locutor de radio le dio la razón. El mismo que hizo saber lo ya sabido: “en los medios de comunicación de masas priman los intereses mercantiles y económicos; la música ligera acapara más del noventa por ciento del mercado, ya que la música con mayúsculas es poco rentable, se vende poco, es sólo para una minoría sensible”.

Respecto a la
crítica musical local, los ponentes escogidos manifestaron unanimidad: su inexistencia en la periférica ciudad marítima de mis entretelas. Y el resquemor que se entreveía hacía patente otra vez la paradoja: la información de prensa se limitaba a someras reseñas de conciertos (la de radio y televisión era todavía más escueta o ignoraba tales acontecimientos culturales). Se echaban de menos, ¡ay!, los dilatados comentarios críticos, habituales en otras latitudes.

Crítica sí y crítica no. Crítica moderada y crítica profunda. Crítica elemental y crítica trascendente… La visión era poliédrica. Finalmente, los dos músicos presentes coincidieron en que lo fundamental estriba en la
educación musical, creyendo conveniente su comienzo en la enseñanza primaria, a fin de despertar la sensibilidad sonora desde la tierna infancia. Posteriormente, si fuese el caso, habría de reforzarse mediante estudios musicales en escuelas de música y conservatorios. Todo ello desde el impulso gubernamental, con las pertinentes inversiones establecidas por una adecuada política educativa, y esperanzados en recoger en un futuro excelentes frutos sonoros. El productor musical y el director de escena asintieron. Nada que objetar. Pero, como bien dijo el segundo músico, lo más difícil es educar. Y la enseñanza musical se hace primeramente dando a conocer la gran música, haciéndola asequible mediante la oferta de conciertos y difundiéndola a través de los medios; imposible que algo despierte sensibilidad si no se conoce. A fin de cuentas, ningún nuevo descubrimiento. Y sin gran originalidad, fueron interesantes los interrogantes que trajo a colación el dinámico locutor de radio:

“¿Por qué no reconocer la labor periodística y crítica, por lo que supone de pedagógica? ¿Acaso el acercamiento de la musicología no contribuye a la formación musical? ¿No son los buenos críticos asimismo educadores que van más allá de la simple labor informativa? ¿Alguien pone en duda su dimensión educativa?”

Tras un silencio, hubo murmullos. Y se esparció una
reflexión crítica… Es posible que haya que priorizar la información, la crónica y la reflexión artística sobre la sanción crítica. Pero ésta también debe tener cabida, siempre que no entrañe ensañamiento o mala fe. Hecha con tino, supone una guía conveniente para los desorientados y un sabroso alimento para los melómanos versados. A juicio de los profesionales, preferiblemente realizada por no profesionales; opinan ellos que no son los más idóneos para hacer crítica, quizás porque piensan que las cosas se ven mejor desde afuera, tal vez por no estar mediatizados por prejuicios u otras lacras de índole psicológica. En mi opinión, tampoco en esto debe haber normas estrictas ni asunción de verdades absolutas.

Cuando el intérprete musical de la apertura –u obertura– criticaba a los críticos, ¿no estaba haciendo a su vez extrema crítica de la crítica, metacrítica destructiva? Eso parece. Y parece conveniente que, en las opiniones artísticas, como en general en otros ámbitos, prime siempre la
moderación (¡reparemos en la humana imperfección y en la relatividad de las cosas!). 

Entre un allegro vivo y un adagio lamentoso suele haber un moderador scherzo burlesco; es saludable distenderse de exacerbadas penas y extremas alegrías, mostrando entremedias irónicas sonrisas. De igual modo, es plausible el razonable equilibrio crítico, sin demonizar ni endiosar a la crítica, viéndola en su justa medida: como analizadora del arte supremo, con aciertos y desaciertos en su afán constructivo. ¿No os parece la postura más inteligente? Siempre que entrañe honesta voluntad, la crítica musical debiera ser merecedora de un mínimo reconocimiento.
***
La asistencia a ese debate celebrado en 2005 en la ciudad olívica, me llevó a expresar mis impresiones en forma de un análogo de este escrito editado en Filomúsica (revista electrónica de música culta):

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